• Jorge Cuadrado

HISTORIAS MUY MÍNIMAS

Tengo que ponerme una inyección. Voy a una farmacia de confianza a comprar el inyectable. Me gusta ir ahí porque es de estas que no parecen un supermercado. Hay autos parados que impiden el acceso al estacionamiento. Me demoro dos o tres vueltas a la manzana. Con dificultad (uno de los autos sigue allí, en doble fila) logro estacionarme. Hay bastante gente adentro. Saco un número. El 27. Espero. Una señora de mi edad se acerca a pedir que la atiendan. La chica pregunta en voz alta si alguien tiene el 26. Nadie lo tiene, lo sé porque el papelito está en el suelo, tirado. Yo tengo el 27, digo. Ah, bueno, dice la chica, entonces atiendo a la señora. Espero y finalmente me hago del inyectable luego de llenar formularios por el descuento de la mutual. Con dificultad saco el auto del estacionamiento. El tipo de siempre sigue en doble fila y cuesta advertir a los que circulan por la avenida. Manejo quince cuadras hasta un centro privado de atención médica. Un naranjita no oficial da vueltas en los alrededores. Estaciono. Pregunto en la recepción si ponen inyecciones. Me dicen que sí pero que tengo que sacar un papelito para que me den las indicaciones. Pregunto a la chica si no me puede dar las indicaciones ella. Me dice que no, que es en el otro mostrador, a cinco metros. Tengo que sacar turno para que me digan cómo hacer. Le digo que así vamos a perder tiempo ella, que no tiene a nadie a quien atender, y yo, que tengo que esperar a quien me atienda. Me dice que así es el sistema. Le agradezco y me voy. Estoy con poco tiempo. Ha pasado un minuto exacto desde que estacioné. El naranjita se acerca a cobrarme. Tengo un billete de cien. El naranjita se enoja, me putea por lo bajo y me hace señas para que me vaya, como si dirigiera el tráfico en el zoológico. Salgo. Me estaciono en el primer lugar que encuentro libre. Llamo a una enfermera a domicilio gracias a un panfleto que me dieron en la farmacia (“no damos fe de que sea buena”, me dijo la chica). La señora que me atiende me dice que la enfermera justo salió a poner una inyección, que la llame al celular. Llamo. Usted pone inyecciones a domicilio?, pregunto. Sí, pero justo ahora estoy medio resfriada y no puedo, responde. Bueno, digo, gracias. Paso a hacer el trámite pendiente y que me tenía sin tiempo. Luego sigo camino a casa. Le digo a mi mujer que viene complicado el día. Te cuento…, y amago a contarle lo que me había pasado. Después, después, dice ella, ahora me tengo que ir. Y acá estoy, esperando que el servicio de atención a domicilio de la obra social no me salga con un martes 13. Con el culo siempre listo para la jeringa.