• Jorge Cuadrado

ÚLTIMO TREN A SAN PETERSBURGO


Somos cuatro y vamos a San Petersburgo. Un viaje que no nos entusiasma tanto después de Croacia. Estamos preocupados porque sacamos literas de tercera clases y no sabemos de qué podría tratarse. Sin embargo el tren parece limpio y las literas no están tan mal. Se pueden poner las valijas bajo las camas de abajo o sobre las de arriba. Seguridad garantizada. Igual a mí, celoso guardián de mi intimidad, me preocupa la compañía. ¿Serás rusos? ¿Gritarán, comerán encima nuestro, se tirarán pedos? El vagón es abierto, no hay compartimentos en los que recluirse. No dura mucho la expectativa. Dos minutos después de nosotros sube un grupo de chicos argentinos que rondará los veinte años. Parece una mezcla de tucumanos, sanjuaninos y quizás algún cordobés por el sobre uso de la palabra culiado. Los chicos son chicos. Hablan fuerte, van y vienen con demasiada frecuencia, te meten el culo en la nariz para acomodar sus cosas. Cantan fuerte y mucho la canción de guerra del mundial (que, confieso, me ha saturado bastante) “Vamos Argentina, sabés que yo te quiero…”. Pero de pronto nos une una causa común: Nigeria. El tren arranca cuando arranca el segundo tiempo contra Islandia y van cero a cero. Los que tenían señal de internet la pierden con el movimiento de una formación que tampoco tiene wi-fi. Igual la señal va y viene y alguien grita gol. Gooooool. Y entonces el vagón (repleto de argentinos) estalla. Los chicos primero. “Vamos Argentina, sabés que yo te quiero…”. Esta vez se tolera. Sobre todo porque los grones meten el segundo ahí nomás. “Vamos Argentina, sabés que yo te quiero…”. La intermitencia de internet nos pone nerviosos. Los chicos peor. Corren a buscar agua caliente para el mate tres vagones por delante, rodean a la azafata rusa y la hacen hablar en castellano (afortunadamente sin segundas intenciones), piden hielo para tomar fernet. La señal regresa en una parada. Islandia erra un penal. “Vamos Argentina, sabés que yo te quiero…”. La tribuna estalla en aplausos y canciones con el final del partido. Tenemos una nueva chance. San Petersburgo ya no queda tan lejos ni tan triste. Los chicos festejan. Sacan los naipes, nos piden un pedacito de nuestros asientos para jugar un cuarto de truco. Les prestamos las “zapatillas” para que carguen los celulares en el único enchufe que parece haber en el vagón. De a poco el cielo se oscurece. Ponen cumbia en un celular, pero como para que escuche todo el vagón. Soporto estoicamente para que no se me noten los años. Se envalentonan y van por el reguetón. Mi Dios. Añoro el “Vamos Argentina, sabés que yo te quiero…”. Por suerte alguien anuncia una guitarra y un salteño se envalentona. Canta lindo, rasca decorosamente. Al principio van algunas canciones tipo Gilda, cumbia tranqui, después la Champions Liga, Néstor en bloque, y van subiendo de tono. Ya el salteño no se escucha. Se escuchan los gritos de los otros. Llega Ulises, Rodrigo, mientras afuera oscurece y los que no somos los chicos queremos dormir. Paso dos canciones tratando de decidirme. Les digo, no les digo, hasta que una mujer rubia, con pinta de rusa, se me adelanta y en perfecto castellano les dice: “Por qué no siguen la joda en otra parte”. Los chicos no creen entender qué significa “otra parte” en ese tren tan angosto pero al resto sí lo entienden y abandonan todo tipo de música por cualquier clase de instrumento. Terminamos de armar las camas. Intento subirme a mi cucheta por el único lado posible: los pies. Hay apenas un peldaño suelto para poner la zapatilla. El resto es a puro abdominales nomás porque no hay de dónde sostenerse. Hay que entrar de frente y cuerpo a tierra porque al mínimo intento de levantar la cabeza te desnucás contra el portaequipajes de arriba. Lo logro. Es mucho mérito, pero aún falta descalzarme sin golpear a nadie y taparme sin mover el cuerpo. Duermo un poco encogido pero bien. Las horas que vienen me van a cobrar el esfuerzo en las rodillas, seguro. Los chicos también duermen. Uno de ellos murmura en el sueño, “vamos Argentina, sabés que yo te quiero…”. Y llega el infaltable momento nocturno de ir al baño. Bajar no es tan difícil como subir pero tengo que apoyarme en la cama de enfrente, la del chico que canta dormido. Lo hago con suavidad y no lo despierto. Estoy en medias. No me importa el suelo del vagón, pero cuando llego al del baño tengo que levitar. Aprendo el significado de pringoso. Hay suficiente olor como para huir despavorido pero no puedo atentar más contra mi vejiga. Estoy parado sobre las uñas de los dedos gordos, haciendo equilibrio de bailarina, tratando de no salpicar para no agregar mi sello al enchastre. Con mucho esfuerzo abdominal lo consigo. Me cuesta subir a la cucheta pero ya tengo experiencia. Y me quedo dormido con cierta facilidad. Nos despertamos una hora antes de la llegada. Desayunamos lo del bolsito. Intercambiamos datos sobre la remontada suiza contra Serbia. Afuera es bosque más bosque. Hasta que llegamos a la estación de San Petersburgo. Los chicos demoran en bajar y traban al resto del vagón. La señora con pinta de rusa vuelve a mirarlos con desafío. Afuera parece haber un sol nigeriano. El martes sabremos si el regreso es feliz.