• Jorge Cuadrado

EL DECÁLOGO DE LA MENTIRA Y LAS FALSAS PROMESAS

“El que apuesta al dólar pierde”, dijo el ministro de Economía Lorenzo Sigaut en 1981. Unos días después devaluó la moneda nacional y el dólar trepó 30%. “Con la democracia se come, se cura y se educa”, dijo Raúl Alfonsín. Hacia el fin del mandato se produjo una hiperinflación que terminó con su gobierno y dejaron aquella consigna en la vereda opuesta de la realidad. “Síganme, no los voy a defraudar”, fue el lema de campaña de Carlos Menem, que entre el discurso de campaña y la práctica de gobierno produjo la distorsión más grande que se tenga memoria en democracia. “Estamos mal pero vamos bien”, pontificó en otro momento. No vale la pena recordar el desquicio en el que terminó el uno a uno forzado y el endeudamiento supremo. “El 2001 va a ser un año de buenas noticias, que lindo es dar buenas noticias”, dijo Fernando De la Rúa. A fin de ese año renunció en medio de una de las crisis políticas y económicas más sonoras de la historia argentina. “El que depositó dólares recibirá dólares”, dijo Eduardo Duhalde, unos días antes de pesificar los ahorros de todos los depositantes. “Rechazamos de plano la identificación entre gobernabilidad e impunidad que algunos pretenden”, dijo Néstor Kirchner cuando era presidente. Decenas de funcionarios suyos se enriquecieron y sólo respondieron ante la justicia varios años después del fin de su mandato. Durante el gobierno de Cristina Kirchner, la intervención al INDEC produjo el anuncio de índices inflacionarios varias veces menores a los reales. Esta mentira estadística, entre otras cosas, lograba que los informes oficiales anunciaran valores de pobreza menores al 10% cuando en realidad rozaban o superaban el 30. “La inflación no va a significar un problema en nuestro gobierno”, dijo Mauricio Macri. Huelgan las palabras.

Es apenas un breve repaso de citas o acciones presidenciales. Breve pero demostrativo. Es imposible desarrollar un país basado en mentiras o promesas falsas. La desconfianza que generan en la población produce desazón, inmovilismo, corrupción, y muchos años de trabajo para restaurarla.