• Jorge Cuadrado

ATRASAMOS CIENTOS DE AÑOS


Qué otra cosa puede decirte respecto de los cuadernos que cuentan cómo pasaban a buscar bolsos con plata de las coimas de la obra pública. Que ya lo había denunciado en 2013 Miriam Quiroga, secretaria de Néstor Kirchner. Que veía pasar bolsos con dinero. Que la causa fue archivada. Que el mecanismo de recaudación clandestina a través de la obra pública para financiar campañas políticas y placeres personales se ha expandido como una mancha de aceite por todo el mundo. Que por ello han caído, por ejemplo, la flor y nata de la política italiana de los 80 con el Mani Pulite y el establishment político/empresario de Brasil con el Lavajato. Que en Argentina hay cientos de denuncias sobre estos temas con sanciones tan parciales y escasas que no tuvieron ningún efecto “curativo”. Estaba enfrascado en todos estos datos cuando recibí el llamado habitual de tía Elda. Lúcida como siempre, sorprendentemente memoriosa, empezó a enumerar casos de corrupción: los créditos del Banco Hipotecario de la Coordinadora, los pollos de Mazzorín, las coimas del Swiftgate, el tráfico de armas a Ecuador y Croacia, las privatizaciones, las estatizaciones, Skanska, las valijas, los bolsos, las cajas fuertes. Habrás advertido, sobrino, me dijo, que la mayoría de los cientos de causas nunca se resolvieron y las demás se resolvieron diez, quince o veinte años después, cuando los delincuentes de guante blanco ya no tenían poder. Ahí fue cuando recordó su pasado de profesora de Instrucción Cívica y empezó con su clase: porque el problema es el poder, sobrino. Supuestamente la República está concebida para que no haya un poder que mande más que todos los demás. Hay un sistema de control y balance que impide a uno de ellos convertir a la república en una monarquía. Pero en Argentina no es así. El poder Ejecutivo manda, sojuzga o soborna y el Legislativo y el Judicial obedecen. Siempre encuentran una manera de disciplinar jueces y legisladores. Por eso aquella famosa frase: el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Entonces, mientras el poder siga concentrado de la manera que lo está hoy, la corrupción sólo va a cambiar de nombres. Vamos a expulsar a muchos malos pero nunca, jamás, vamos a erradicar los males. Largó esa frase y supongo que creyó que había dicho una genialidad, porque se despidió con un sutil: pensá en eso, y cortó. El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Lord Acton escribió esto en 1860 pero ya Maquiavelo había escrito algo parecido en 1500 y Montesquieu en 1700. Inevitable concluir en que estamos cientos de años atrasados.