• Jorge Cuadrado

LO QUE NO DICE EL VIAGRA


Estaba preocupado mi amigo Mariano, que había escuchado en la radio el caso de las chicas que le dieron viagra a un compañero y tuvo miedo de que su hijo, que tiene esa misma edad, pudiera hacer algo parecido. Miedo pánico. Así me dijo. Porque se dio cuenta de lo poco que sabía de su hijo en realidad. Lo va a ver de vez en cuando a jugar al fútbol, lo lleva seguido a la escuela pero hablan poco. Y de los verdaderos problemas nunca comentan nada. Hasta que ayer escuchó todo esto, Mariano creía que viendo las buenas notas de la escuela era suficiente para tener las cosas bajo control. Que eso significaba ser un padre preocupado por su hijo. Pero ahora se daba cuenta de que no era así. Que no había sabido nada de su despertar sexual, de sus angustias, de si le hacen bullying o si él le hace bullying a otros, si lo tienta fumar o emborracharse o drogarse. Si el grupo de amigos al que pertenece lo presiona, si tiene el carácter suficiente para decir que no. Sentí la necesidad de darle un abrazo a Mariano, decirle que estaba todo bien, que era un buen padre. Pero él me dijo que no y siguió hablando. Que en realidad ahora sentía que nunca lo había acompañado lo suficiente, que tanto él como la madre siempre se habían preocupado por las notas, el frío, las gripes, cosas así. Que del corazón y la mente de su hijo siempre supieron poco y que por eso tenía miedo pánico a que fuera tarde. Que su hijo anduviera por ahí haciendo bromas jodidas a sus compañeros, o que él mismo fuera víctima de esas bromas. En un momento se largó a llorar. Casi desconsoladamente. Tanto que muchos en el bar se dieron vuelta a ver qué pasaba. Le dije que se tranquilizara, que con Marianito, su hijo, todavía no había sucedido nada grave y que nunca era tarde para empezar un buen diálogo. Pero no hubo caso. Entre sollozos me contó que un día le faltaron dos píldoras de viagra de la mesa de luz y que discutió fuerte con su mujer porque ella sospechaba de Marianito. Nunca supieron por qué faltaron las pastillas y ahora, con la noticia, todo volvía a la familia en forma de humo espeso. Cuando al fin se calmó, me despedí con la promesa de volverlo a ver hoy. Me quedé angustiado. Estoy angustiado. Por mi amigo Mariano y por todos los padres que no hemos hablado lo suficiente con nuestros hijos.