• Jorge Cuadrado

EL OLOR DE LA COIMA


Cierta tarde, tomando un café ocasional, un empresario cordobés me contaba de los malos tratos de Guillermo Moreno. “Nos insulta peor que a los esclavos”, me dijo. No era la primera vez que escuchaba algo semejante. Se había echado a correr la voz de que a algunos les ponía una pistola sobre el escritorio para amedrentarlos. En mi trabajo de editor, se me ocurrió hacer un libro sobre la impiedad con que Moreno y el kirchnerismo en general sometían a los empresarios cordobeses. Llamé a un par de periodistas amigos por separado, les propuse la idea y empezaron a investigar. Al poco tiempo, los dos volvieron con la misma respuesta: era imposible. No habían encontrado ningún empresario (repito, NINGUNO) que quisiera contar nada. Ni siquiera si resguardábamos su anonimato. Tiempo después escuché algunas tímidas críticas de periodistas de Buenos Aires a lo que ellos llamaban “comportamiento cobarde” del empresariado, que en privado blasfemaba contra los Kirchner pero en público no esgrimía una sola crítica. A mí también me había quedado la impresión de la cobardía con aquel frustrado libro sobre Moreno. Hoy veo desfilar por los Tribunales a los empresarios de los cuadernos, confesando que entregaban paquetes con millones de dólares de coimas (aunque algunos las han disfrazado de “contribuciones electorales”) y confieso cierta sensación de ingenuidad. Porque al fin y al cabo la cobardía, el miedo, es una emoción natural del ser humano, pero la codicia y la corrupción son harina de otro costal. No es lo mismo tenerle temor a Moreno que estar prendido en el negocio con De Vido. En efecto, les ha tocado el turno a los empresarios. Hace rato que todo el resto estamos en tela de juicio: los políticos, los curas, los militares, los sindicalistas, los jueces, las ONG, los periodistas, pero los empresarios venían esquivando las balas como en Matrix. Hasta que aparecieron los cuadernos de Centeno. No va a ser fácil que la causa llegue a ser el Mani Pulite italiano o el Lavajato brasileño. La Argentina tiene enjabonados los huesos por donde resbala la corrupción. Ya varios han intentado negar las coimas y admitir que fueron inocentes al colaborar con la campaña electoral del gobierno, coartada que se les derrumbó cuando el ex presidente de la Cámara Argentina de la Construcción dijo que era un sistema por el que se enriquecían funcionarios y empresarios, además de engordar las cajas políticas. Están intentando, también, generar el miedo a la recesión. Si la Justicia profundizara, la paralización de la economía tendría efectos devastadores, como ocurrió con los dos años recesivos de Brasil. Eso les dicen en los oídos a los funcionarios del gobierno actual, para que se crucen en el camino de Bonadío, Stornelli y compañía y que la sangría se detenga en una víscera prudente. No soy de los optimistas. Creo que a la vuelta de la esquina habrá un acuerdo entre oficialismo y oposición para que a todos los platos rotos los pague el kirchnerismo. Únicamente. Y si bien es cierto que la “década ganada” tiene sobrados méritos para ser considerada la etapa más corrupta de la historia democrática argentina, al sistema de sobornos, paquetes y enriquecimientos que los kirchneristas llevaron a niveles galácticos, no lo inventaron ellos. ¿O ahora vamos a suponer que las empresas constructoras que en el gobierno nacional les pagaban coimas a De Vido, Baratta y compañía, en las provincias y en las municipalidades eran carmelitas descalzas que hacían todo conforme a la ley y la ética? Bienvenido un vendaval que limpie el basurero repugnante en que hemos convertido este país, aunque el aire se lleve puestos los indicadores económicos. Podemos vivir un tiempo con el dólar alto, las acciones en baja y la actividad estancada. Lo que no podemos es seguir viviendo con la mier** al cuello.