• Jorge Cuadrado

LA PRIMAVERA DE ANTES


Yo no soy de los que dicen “fiestas de primavera eran las de antes”, pero me gustaban aquellos días, cuando todavía no habían pasado al olvido los pic-nic del día del estudiante. En mi caso montaba toda una estrategia que empezaba una semana antes, averiguando a dónde iba a pasar el día la chica que me gustaba. Recuerdo el 21 de septiembre del 83. Estábamos eufóricos, a un mes de que volvieran las elecciones y la democracia y los chicos que sabíamos algo y hablábamos mucho de política por fin teníamos predicamento entre las chicas. La semana anterior entonces conseguí la información clave. Ella iba a ir a Embalse, a los bosques de los hoteles con un grupo de amigas de su club de voley. Problema número uno. Lo resolví con cierta rapidez. El hermano de una de ellas era muy amigo mío y lo convencí de que estuviera en el grupo para cuando yo llegara. El día D cargué la guitarra, puse unos sándwiches de mortadela y queso, unas galletitas de coco y un par de gaseosas en la bolsa y salí para Embalse a la hora señalada. Tal como habíamos previsto con el hermano, pasé por el lugar donde estaban un rato después de que habían desplegado el arsenal de manteles, platos, comida y el radiograbador por el que difundían la música. Obviamente me hice el que pasaba de casualidad, mientras el hermano pegaba el grito: eh, Jorge, vení sumate que nos hace falta un guitarrista. Me hice el dolobu unos momentos, que no, que me esperaban unos amigos, hasta que me “resigné” a quedarme. Ella estaba preciosa. Las piernas largas, la boca generosa, los ojos color del bosque. Comimos hablando de política. Problema número dos. Empecé bien, me planté como el que más sabía de Alfonsín y del preámbulo de la Constitución pero a los dos minutos un flaco que parecía jugar al básquet en el mismo club empezó a versear. No tenía idea de nada a las chicas no les importaba. Era facherito y de cuando en cuando se acomodaba el pelo con una mano. Habló casi sin para hasta que comimos las frutas. Llegó el tiempo de la guitarra. La saqué con cuidado de la funda para no desafinarla y arranqué con un rasguido en sol para irrumpir con El fantasma de Canterville, un movidito fiestero que a todos les gustaba. Problema número tres. El flaco fachero largó un “hacete La Bamba, loco” y me sacó de quicio. Odiaba La bamba. Era la nada misma. Una canción para que disfrutaran los otros mientras el que tocaba sufría como un condenado. Asimismo fui al frente. Baaamba, baaamba. Y como era de esperar se armó la fiestita de baile y ronda entre ellos mientras yo me desgargantaba como un gil. Baaamba, baaamba. Con mucho esfuerzo logré llevar el barco al puerto que quería. Tuve que cantar cuatro o cinco de esas hasta que se cansaron y quedaron a punto caramelo para mis lentos. Yo era de esos. De los que cantan canciones tristes, porque la alegría enganchaba minas, pero la tristeza las enamorabas. Y yo quería que ella se enamorara de mí. Ignoré los pedidos de regresar a la fanfarria y le metí con la que no fallaba: “Quizás por qué, no soy un buen poeta, puedo pedirte que te quedes quieta…”. Cantaba y la miraba a ella, y esos ojos de bosque me miraban con una dulzura que hubiese podido envasar. Canté dos o tres como esa hasta que, a propósito, le pasé la guitarra al flaco fachero que, como tampoco tenía idea, tuvo que dejarla a un costado consumando para mí una pequeña victoria. Pero hete aquí que llegó el problema número cuatro. Yo daba por sentado que con semejante romanticismo expuesto, ella se iría arrimando de a poco a mí hasta que la distancia física se agotara. Pero eso no ocurrió. Mi optimismo se fue desvaneciendo con el paso del día, hasta que escuché el fatídico “vamos al boliche a bailar”. Fue el fin. Yo no sabía ni quería bailar. Era amontonarse junto a un montón de gente que no diferenciaba el cielo de una pared celeste. Ella partió con el grupo y con ellos mis ilusiones. El hermano insistió un par de veces para que fuera pero yo no tenía energía para remontar la cuesta, o quizás, porque me jugaba la última patriada. Quizás si yo no iba, ella se quedaba a acompañarme. Problema número cinco. Eso no pasó. Se fueron todos, ella incluida y nunca volví a tener una oportunidad así. Mejor, capaz que de haberse quedado, hoy no estaría acá, contando esta historia.