• Jorge Cuadrado

LOS MUERTOS EN EL FONDO DEL MAR


Si yo tuviera un hijo o un hermano hundido en el mar frío y sin respuestas, querría que me lo traigan de vuelta. Pediría que hicieran todos los esfuerzos por recuperar su cuerpo y tener un lugar y una certeza para llorarlo. Como con toda justicia pidieron las Madres de Plaza de Mayo, o los familiares de los caídos en Malvinas. Me costaría entender que es imposible reflotar el submarino, que restos están esparcidos en una hectárea. Pediría que al menos manden esos aparatos que mandaron para rescatar tesoros del Titanic, a casi cuatro mil metros. Algo que nos muestre al menos un pantallazo de lo que pasó. Si a mí me doliera la muerte de uno de esos cuarenta y cuatro marinos como le duele a la gente que los quiso toda la vida, me costaría entender que vayan a quedar tantas preguntas sin respuestas. ¿Por qué explotó? ¿Podría haberse evitado? ¿Hubo quienes hicieron las cosas mal? ¿Hubo a quienes no les importó la seguridad de nadie? ¿Tengo que resignarme a aceptar un muerto en el fondo del mar? Pero no tengo a ningún ser querido hundido en el Atlántico Sur. Soy periodista. Y debo informar las cosas que sé. Que rescatar el submarino costaría más de cuatro mil millones de dólares y no hay ninguna garantía de que la misión resulte exitosa. Que quizás puedan explorarse esas profundidades escarpadas con vehículos especiales, pero también se gastaría mucho dinero sin asegurar resultados. Aunque también me cuesta pensar en un accidente que no se pudo evitar. Soy argentino y he visto tanta desidia que me resulta casi imposible no atribuírsela a este caso también. Pero sé que se han hundido submarinos de países que no son tan negligentes como nosotros y que quizás, una de las opciones sea abandonar la verdad en el fondo del océano. El Estado debe entender a los familiares, asistirlos, informarlos y obrar en nombre de toda la ciudadanía. Ni indolencia ni demagogia. Que se haga lo lógico, pero que esa lógica sea justa. Que si la verdad tiene que quedar esparcida a novecientos metros de profundidad, al menos que se pague el precio de haber hecho todo, absolutamente todo lo que correspondía hacer.