• Jorge Cuadrado

MÁS RAZÓN, MENOS ORGULLO (mi pedido de Navidad)


La semana pasada escribí una carta a Papá Noel y la mandé a su dirección en Finlandia. No contenía una sola expresión, una sola palabra. Era nada. Le di vueltas al asunto y llegué la conclusión de que debe ser tanta la gente que realmente lo necesita que atarearlo con cualquiera de mis ocurrencias sería hacerle perder un tiempo que no tiene. Es más. Tampoco me parece suficiente no pedirle nada. Una manera efectiva de aliviarle la carga a Papá Noel sería ofrecerle yo algunas cosas. Ponerlas en su bolsa. Me gustaría, por ejemplo, visitar a mi tío y en medio de un largo partido de ajedrez de esos que a él le gustan, decirle de una buena vez todo lo que lo admiro y respeto. Me gustaría invitar un café a mi tía y conversar de la vida entera, porque tenemos tantas cosas para compartir que me duele el alma no hacerlo. Me gustaría llamar a un amigo que un día me pidió perdón, me dijo que pensaba distinto y no podía seguir siendo amigo mío. Me gustaría llamarlo, digo, y decirle que sí, que lo perdono. Abrazar a Daniela, a Alexis, a mi mamá, a mis hermanos con ese abrazo interminable por haber estado tanto y tan lindo al lado mío. Me gustaría sentarme frente al río donde llevamos las cenizas de mi viejo y no levantarme hasta no resolver cada una de mis historias con él. Si finalmente no lo hago, será porque una vez más el orgullo es más fuerte que la razón y quizás eso debería pedirle a Papá Noel. Si le resulta posible soltar el paquete por la chimenea si no es demasiado grueso y se atasca en el camino, tal vez me gustaría que me mandara: un poco más de razón y un poco menos de orgullo. Feliz Navidad.