LOS MESIÁNICOS

28/06/2016

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Roca, Yrigoyen, Perón, Gardel, Maradona. Vivimos esperando un mesías que nos cargue al hombro y nos lleve a tierra prometida, si es posible sin embarrarnos ni cansarnos demasiado. Con más razón si se llama Messi. 
Pero Messi no llegó a esta tierra a redimir a nadie. Apenas si se sobrepuso a sus problemas de crecimiento y se convirtió en el mejor jugador de fútbol del mundo. Un mérito enorme, sin dudas, pero insuficiente para perdonar ofensas, no dejarnos caer en la tentación y librarnos del mal.
Desde que alguien nos implantó eso que Duhalde tradujo como “estamos condenados al éxito” (debe haber sido Roca y su “somos la traza de una gran nación, destinada a ejercer una poderosa influencia en la civilización de la América y del mundo”) no dejamos de exigir ese lugar que supuestamente nos corresponde por derecho divino. Cualquier cosa en contrario se convierte en tragedia nacional. Y como buen país mesiánico, la culpa de la tragedia la tiene el mesías. Hay que clavarlo en la cruz. 
Incapaces de asumir nuestras propias responsabilidades, Maradona nos sacó del mundial de Estados Unidos, Messi o Martino o Higuaín perdieron la Copa América, Menem y Cristina nos engañaron. Eso sí, las victorias, los éxitos, nos tendrán a todos en la plaza agitando las banderitas celestes y blancas. 
En Argentina el fútbol es una enorme metáfora. Romero ataja, se la da al pie a Otamendi que toca con Mascherano que la adelanta para Banega que profundiza con Messi que asiste a Higuaín que hace el gol. Si el circuito se corta en algún punto, no hay triunfo. Mal que nos pese, el mesías no puede bajar hasta el área, quitar la pelota, gambetear rivales por setenta metros y clavarla contra un palo. Como dijo Brian, el memorable Cristo de Mel Brooks, en su sermón de la montaña: “No tienen que seguirme, tienen que pensar por ustedes mismos”, a lo que el pueblo enfervorizado respondió al unísono: “¡Tenemos que pensar por nosotros mismos!”.
Es lindo soñar que Homero llegará a rescatarnos, y tejer y destejer, como Penélope, mientras esperamos. Como es lindo leer una buena novela de misterio, escuchar a Pink Floyd o sentir el placer de un gol al ángulo. Y hasta podemos permitirnos estar tristes si no disfrutamos nada de eso. Pero la tristeza no nos obliga a la desesperación. Si Homero no llega, o no encontramos en los baúles El lado oscuro de la luna, o Lionel Messi manda a la tribuna el penal de la victoria, habrá que buscar otra Odisea, otro gol y una nueva canción. Al fin y al cabo Cristo vino a expiar nuestros pecados y nos dejó el libre albedrío para tomar nota y corregir nuestro propio rumbo.

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