EL MÉDICO, EL LADRÓN Y EL GATOPARDO

31/08/2016

 

Aclaración necesaria en una sociedad en la que creemos que el gris no es un color y que a los tibios los vomita Dios: no tengo armas. Nunca las tuve. No sé disparar. Ni quiero saber. Creo firmemente que las armas en manos de la población civil incrementan la violencia. La incentivan. Que en la ley del far west gana el que dispara más rápido y estos casi nunca son los ciudadanos honestos.
Pido permiso entonces para tratar al caso del médico que mató al ladrón abandonando el maniqueísmo. Permiso para pensar que hay grises. Y una gama inacabable de atributos entre el bien y el mal. 
Empecemos por el ladrón. Un hombre con sus facultades mentales intactas que decidió ir a robar a un consultorio, empuñando un arma. Probablemente no se alimentó bien durante su lactancia. Y vivió hacinado. Y aprendió de los golpes y no entendió una caricia. Supo que el trabajo era mal pago y que robar era una opción. Como nunca fue propietario de nada tampoco entendió eso del “delito contra la propiedad”. Como creció alrededor de la muerte, nunca le asignó demasiado valor a la vida.
Sigamos por el médico. Un hombre que salía de su trabajo y se encontró con alguien que quería despojarlo a la fuerza de algo que le había costado conseguir. Creció en una familia que valoró la educación como factor primordial de la movilidad social. De chico aprendió a defender sus pertenencias y entendió que la vida era el valor esencial de la comunidad humana. Por alguna razón cultural o política o ideológica o emocional creyó que un arma lo ayudaría a conservar sus conquistas.
Terminemos por el estado. Desatiende a los pobres salvo cuando votan. Les tira por la cabeza las migajas de un subsidio pero se desentiende de la atención prenatal, del cuidado de la salud y la alimentación en la infancia, los hacina en villas miseria o en miserables casas/plan donde un dirigente no viviría jamás y le importa tres carajos si se educan, por lo que en definitiva le niegan el primer gran escalón para conseguir un empleo de calidad. 
Cuando esa enorme fábrica de delincuencia empieza a operar, desatiende también a sus víctimas. Corrompe la policía y la justicia llenándola de parientes y amigos, muchas veces sin la mínima idoneidad para su función y sanciona leyes lo suficientemente complejas y contradictorias como para que el peso de la ley recaiga sobre el ánimo del momento.
Finalmente hace encuestas. Después de un caso de gatillo fácil apela al garantismo y se preocupa por la historia de “estos pobres chicos a los que los gobiernos anteriores no le dejaron más camino que la delincuencia”. Después de una vejación o el asesinato de un ciudadano decente apela a la “mano dura”, compra diez patrulleros, incorpora cincuenta policías e inventa leyes restrictivas de la libertad para hacer como en el Gatopardo: introducir modificaciones escandalosas para que, en el fondo, las cosas sigan igual que siempre.

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