TRUMP: VICTORIA Y DERROTA DE LA SOBERBIA

09/11/2016

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Cuando el magnate inmobiliario (“bussinesman”, como lo llaman los medios norteamericanos), Donald Trump, se sentó a desayunar esta mañana en su penhouse de la 5ta. Avenida en Manhattan, debe haber sentido la enorme satisfacción de una victoria conseguida casi en soledad contra los factores de poder. Le ganó al gobierno de los Estados Unidos, a la nomenclatura de su propio partido, al poder financiero de Wall Street, a la corporación política nacional e internacional, a casi todos los grandes medios de comunicación y a la mayoría de periodistas, artistas e intelectuales que lo denostamos apenas teníamos oportunidad.

 

El riesgo que hoy corre el mundo es que este empresario vanidoso, con brotes permanentes de xenofobia y misoginia, que ejerció su función en la sociedad de manera ostensiblemente despótica, consiga situar a la “democracia más antigua del planeta” por primera vez en su historia en los límites mismos de la autocracia. Su cercanía y amistad con Vladimir Putin es sólo una muestra. Su indisimulable narcisismo otra.

 

Hasta los albores del 2017, cuando se siente en el sillón de la sala oval de la Casa Blanca, tiene tiempo Donald Trump para decidir si el carruaje de la soberbia que lo depositó en el cargo más poderoso del orbe le servirá para continuar durante el gobierno o si se someterá las reglas del establishment americano, a quien demostró saber enfrentar, al menos en tiempos de campaña electoral.

 

Habrá que ver si los perdedores aprendemos la lección.

 

En primer lugar la soberbia del poder político que creyó que las excentricidades estaban limitadas a algunos giros de la política italiana, española o francesa, o cuanto mucho a la flema nacionalista británica. El gobierno de Washington y la matriz del poder político norteamericano, que integran también los líderes del Partido Republicano, creyeron suficiente con manifestar de viva voz su rechazo a este cuerpo extraño para quitárselo del torrente sanguíneo. Ignoraron hasta qué punto llega el hartazgo en el mundo entero contra una clase política que cree que el poder no está para servir sino para servirse de él, y que ha logrado constituirse en una casta que más parece  una gerenciadora que gana licitaciones que un vehículo para atender las necesidades ciudadanas.

 

La soberbia de poder económico y financiero de Wall Street, que supuso que dejando a Trump huérfano de recursos económicos, amenazando con un miércoles negro de hecatombe en las bolsas si ganaba el empresario les resultaría suficiente para ubicar en el gobierno a una hija dilecta, a quien prefirieron antes incluso que cualquier otro candidato demócrata o republicano opuesto a Trump.

 

La soberbia de los medios de comunicación de Washington, Nueva York, Los Ángeles y Chicago (extensible a otros de distintas capitales del mundo) que acompañó con su apoyo explícito a una soberbia aún mayor, la de periodistas, artistas, intelectuales y demás líderes de opinión que insistimos en obligar al resto de las sociedades a tener nuestra misma escala de valores, en pretender que no hay otras prioridades políticas, sociales o ideológicas que las que nosotros sostenemos.

 

El americano medio forma parte de una mayoría silenciosa cuyas opiniones y visiones del mundo no salen jamás en los medios de prensa de las costas norteamericanas y en su mayoría tampoco están reflejadas en los grandes tráficos de evaluaciones de las redes sociales, con algunas escasas excepciones como la de la cuasi fascista Asociación del Rifle. Ese americano le dio la victoria a Trump, quizás porque el resto está más preocupado en juzgar los fenómenos que en entenderlos.

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