MISILES CON KETCHUP

16/04/2018

 

 

Trump decidió apretar el botón, desparramar decenas de misiles en Siria, y después se comió un big mac con papas grandes, contó un par de chistes sobre prostitutas y se acostó a dormir, un poco molesto por el exceso de ketchup.
A la misma hora, una familia siria que vive en Pilar, después de huir de la guerra en su país, comió unos fideos que se le atravesaron en la garganta, porque se sienten inseguros acá pero no pueden regresar.
A Trump no le importa lo que pase con esa familia o con cualquier otra. Vaya a saber qué le importa a Trump. Dice que son las armas químicas del gobierno de Damasco. Quizás sea la falta de protagonismo norteamericano en la zona. Quizás sea sobreactuar enemistad con Rusia, ahora que la investigación norteamericana está cada vez más cerca de demostrar que es presidente de Estados Unidos, en gran medida, gracias a los rusos.
Se me vino a la cabeza una serie del oeste americano. Un cowboy malo, muy malo, con un grupo más malo todavía, atemorizaba a un pueblo sin ley. Hasta que el pueblo se organizó y mató a los malos a tiros. Igual los malos ya habían matado a más de la mitad del pueblo. Al final casi todos estaban muertos.
Por suerte, desde ese entonces, las ciudades avanzaron. Y las provincias, los estados. Y los países. Existe la ley, y en algunos lugares se cumple bastante. Y allí donde la ley se cumple, la gente en general vive bastante bien: Finlandia, Suecia, Canadá, Australia, Japón, para poner algunos ejemplos.
Pero el mundo, tomado como una unidad, sigue viviendo como en el far west. Sin ley. O con una ley que no se cumple. Al arbitrio de los malos de turno o de los muchachitos que al final matan tantos como los malos. 
Es bastante curioso esto. Cada país tiene leyes y gobiernos que tratan de hacerla respetar, pero el mundo no. Como en el oeste, al mundo lo gobierna el que desenfunda más rápido, el que apunta más firme, el del revólver más grande. Las Naciones Unidas son una figurita decorativa que de vez en cuando produce discursos bonitos, cargados de retórica pacifista. Pero todos saben, especialmente los que pronuncian discursos, que al mundo lo mandan los misiles, no las palabras.

Acompaña esta editorial: Naranja

// Opinión emitida en el programa "Córdoba al Cuadrado" 96.5 Radio SuquíaSuquia de 10 a 12:30 //

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