LÁZARO NO RESUCITA

31/10/2018

 

Lázaro Báez está sentado en el banquillo, ya sin chances de levantarse y andar, con sus cuatro hijos escoltándolo, acusados de corruptos también. La imagen desafía a la historia misma del hombre.
El mandato de la naturaleza y de nuestra cultura no sólo es perpetuar la especie sino mejorarla. Un padre quiere que su hijo sea mejor que él. Que lo supere en habilidades físicas, en inteligencia, en fortaleza de espíritu. Que progrese en la vida más allá de donde él pudo hacerlo. Hasta el hijo del célebre Don Corleone, el Padrino, se fue a estudiar al extranjero para no ser un mafioso, para ser un hombre de bien.
Lázaro Báez parece incumplir ese mandato. Primero por tratar a sus hijos como esbirros, empleados que sólo pueden crecer a la sombra del patrón. Y luego por volverlos testaferros de una fortuna mal habida, robada de las arcas del estado, de los dineros pertenecientes al pueblo. Báez, lejos de mejorar la especie, la corrompió. Como ciudadano lo espera una condena que seguramente lo dejará varios años más en la cárcel. Como padre, enfrenta ahora el impostergable juicio de la conciencia.

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