LA ANGUSTIA DE LOS LADRIDOS

18/12/2018

 

Me desperté porque ladraban sin parar. Y los ladridos se escuchaban algo lejos. Tuve la sensación de que había pasado algo fuera de lo común. Escuchaba ladrar a las dos perras, pero no al gran Álvar (Núñez, cabeza de vaca). Y el Álvar siempre es el primero en ladrar cuando hay un caballo cerca o algún bicho de esos que aparecen en las madrugadas de intemperie.
De pronto se callaron y me tranquilicé. Habrán sido las cuatro así que no cabía más que seguir durmiendo. Pero a eso de las cinco y media, con la claridad y los pájaros despertándose a sus anchas, los ladridos volvieron. Igual de frecuentes, igual de lejos. Y esta vez demoraban en callarse, así que me vestí de fajina y salí a la galería para pegar uno de mis chiflidos de alerta. Me salen fuertes, compactos. Imposible que no los oigan. Además los he probado decenas de veces y siempre ocurre el milagro. 
Pero esta vez llegaron Nefer y Mora y el Álvar no llegó. Un par de minutos es normal. Las perras son jóvenes y veloces y él tiene algunos años y mucha modorra, así que suele demorarse. Sucede que pasaron los dos o tres minutos de rigor y otros cinco más y otros diez.
¿Con aquellos ladridos, Néfer y Mora me habrán querido decir que le había pasado algo su compañero? Salí disparado hacia abajo, crucé el bosquecito, la huerta, los frutales, de un salto al alambrado llegué al descampado vecino donde pastaban tres caballos. 
Normalmente les tengo bastante respeto a los caballos, a una coz precisa que te saque del mundo, pero ahora no me importó, di vueltas alrededor silbando como un loco, gritando el nombre del Álvar como para que se levantara el mismísimo conquistador.
No estaba ahí. Tuve una repentina sensación de alivio. Tenía miedo de que lo hubieran matado de una patada como venganza, por las tantas veces que los corre a ladridos. Pero ahí nomás, después del alivio volví a la angustia. A pensar en la ruta, en un auto, en una planta venenosa, en una picadura de víbora.
Me agité. Se me cerraba el pecho y me obligaba a toser. Néfer y Mora correteaban alrededor mío, mientras yo las miraba, tratando de que su juego me dijera algo sobre el Álvar. No lloré, aunque debí haberlo hecho. No lloré porque algo me decía que no podía ceder a la paranoia y porque, quizás, cuando no me quedaba otro recurso que llorar apareció el cabezón desgraciado, con su paso cansino, casi atorrante. Venía de la nada, como puesto por un ovni, y se estiró como se estira siempre, esperando un mimo. Las perras se le tiraron encima unos segundos y después lo abandonaron para seguir sus carreritas. 
Álvar y la rep… madre, pensé, pero no hice otra cosa que acariciarle el marotón, pasarme la otra mano por las lágrimas que no salían, y preguntarme por qué lo quiero tanto.

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