¿Para qué sirve un ídolo?

Por Jorge Cuadrado


Ha muerto Diego Maradona. Ha sido cualquier cosa menos tibio. Ni lógico. Ni componedor. Ha sido un artista capaz de dibujar un mundo con su pie izquierdo. Un mundo suficientemente ancho como para edificar su iglesia.




Diego Maradona domina la pelota atrás de la mitad de la cancha. Tiene un objetivo explícito y otro acurrucado. Hay que hacer un gol que ponga definitivamente de rodillas a la selección inglesa. Pero también redimir a los muchachos que murieron en Malvinas. Con la energía de esas convicciones, arranca. Se desliza en la cancha con una elegancia inigualable. Eso lo convierte en único.

Es robusto, fuerte, habilidoso, veloz, inteligente, y pese a ser retacón, anda por la vida como si fuera esbelto. Los rivales corren a detenerlo. Diego los deja en el camino con la facilidad del genio. Así hay que eliminar a los enemigos. Simples obstáculos que se interponen para engrandecer la hazaña. El soldado clase 60, Diego Armando Maradona, dispara y da en el centro. Y dale alegría a mi corazón. Viva la patria.

El ídolo lleva la D de Dios. Nos ha redimido. Nos ha devuelto el orgullo de pertenencia. Somos argentinos, carajo. Como el Diego. Con él todos somos hábiles y valientes. Somos genios. Él. Que como Jesús de Nazareth se ha expuesto al escarnio. Puso la mano para vencer al imperio. Y ha fabricado un milagro con una bola de cuero. Las sombras que estuvieron no estarán.

Hasta el 1400 y pico, los seres humanos hemos necesitado dioses para protegernos. Después Copérnico nos dijo que la Tierra no era el centro del universo y el Humanismo renegó de Dios pero endiosó al hombre. El mundo se dividió entre deidades religiosas y dioses paganos. Aparecieron los Da Vinci, los Mozart, los Beethoven, los Velázquez. Ídolos. Los nuevos redentores. Los hombres que iban a cargar la cruz.

Maradona es de esta estirpe. Y por si fuera poco es un dios argentino. Transgresor, pícaro, desafiante. Fuma puros, juega golf, se tatúa al Che, habla de los pobres. Es progre, machista, agresivo, generoso. Tímido y mordaz.



Nada importa. Los ídolos, como los dioses, ya hicieron suficiente para el perdón eterno. El disparo en el corazón del enemigo. El gol a los ingleses, la copa. Y dale alegría a mi corazón. Es lo único que te pido. Ya verás que no necesitaremos nada más.

La muerte acaba con la vida material del ídolo y establece la religión. Maradona muere y nace el culto maradoniano. Al fin y al cabo, alguien tiene que protegernos. Hemos perdido el útero que nos cobijaba y necesitamos uno nuevo. Y como ya no está la deidad, aparecen sus intérpretes. Cada cual modulará el relato según su conveniencia.

Cada cual se apropiará de su imagen a voluntad. Como los romanos que ejecutaron al Cristo entre burlas y desprecio, y trescientos años después abrazaron su prédica y mataron en su nombre. La iglesia maradoniana imprimirá estampitas, escribirá rezos. Sus detractores se harán escuchar. Como ante toda fe, opondrán la lógica.

Hablarán de racionalidad, cuestionarán por banal a la liturgia, atacarán los mandamientos. Dirán que el fútbol es solo un juego. Que Maradona no es un dios sino un hombre. Un ídolo con pies de barro. Y acusarán a los fieles de dejarse lavar el cerebro.

Pero la fe no es racional. Nunca lo fue. Nunca lo será. Sus principios raramente son demostrables o refutables. Es difícil que haya acuerdos sobre la fe. Más sobre sus cultores. Los profetas no vinieron al mundo a tapar la grieta.

El Dios mismo convive con el Diablo. Bebamos y emborrachemos la ciudad. Los débiles no forjan la historia. Ya lo dijo el Creador: “Por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”.

Ha muerto Diego Maradona. Ha sido cualquier cosa menos tibio. Ni lógico. Ni componedor. Ha sido un artista capaz de dibujar un mundo con su pie izquierdo. Un mundo suficientemente ancho como para edificar su iglesia.

La muerte achica al hombre y agranda el símbolo. Y el símbolo, se sabe, sobrevive prendido a la piel del que lo adopta. Maradona será entonces, lo que cada quien crea que fue Maradona. Hasta que el tiempo, despiadado, infalible, se ocupe del asunto.



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